Nuevamente Reloaded!!!
Hola a todos!
Hacía mucho tiempo que no agregaba nada nuevo a este blog... la verdad que no me había dado el tiempo para hacerlo y solo me dedicaba a comentar los blogs de algunos amigos.
Ahora estoy metido en la práctica, lo cual ,o te deja chato, o simplemente con la suficiente flojera para no hacer nada despues de que terminas el trabajo del día.
Bueno... tal como dice el titulo... voy a recargar este blog. Pero de una manera distinta. Hace algún tiempo se me ocurrió escribir un cuento y este es el primero que escribo... Así que espero que la crítica y los Pasalaguas que andan rondando por ahí no sean tan duros con sus comentarios.
Espero que por lo menos lo lean porque es un poquito largo... Sino este va a ser el primer y último cuento que escriba. Jajaja!
Chauuuu
RAFITA
Rafita despertó temprano. Con pereza entreabrió los ojos y miro a su alrededor. Se encontraba solo en la pieza. Se incorporó a duras penas, alzó la vista, vio el mismo muro amarillo y desgastado de todas las mañanas que se encuentra frente a su cama y después de algunos segundos de indecisión, lo único que pudo pensar fue en que era demasiado temprano y que convenía seguir durmiendo un poco más. Lamentablemente, justo en el momento en que se recostaba y cerraba los ojos dispuesto a continuar con el sueño, el sonido proveniente de la alarma de un automóvil bastante próximo lo irritó de tal manera, que perdió el resto de sueño que le quedaba y simplemente no le quedó mas remedio que llenarse de ánimos para levantarse.
Como todas las mañanas, una vez en pie, lo primero que hizo fue dar un par de vueltas alrededor de su cama como buscando que actividad realizar antes de empezar la rutina diaria. En todo caso, solamente se dedicó a observar pues no movió ningún objeto, dejando todas las cosas tal y cual estaban como cuando despertó. La realidad es que para él, no era un asunto de mayor preocupación ni mayor cuidado el orden ni la limpieza de su espacio. Inmediatamente, casi como si se tratara de un acto reflejo, se dirigió a la pieza de Marcela para ver como estaba y mientras caminaba hacia el lugar, cada cierta cantidad de pasos, hacía una suerte de estiramientos, elongaciones y movimientos como para relajar el cuerpo del agarrotamiento matinal.
A Rafita le encantaba sorprender a Marcela, se preocupaba de llegar sigilosamente hasta los pies de su cama y una vez que se aseguraba que ella aún dormía, veloz como un rayo, de un solo brinco se le tiraba encima para tomarla por sorpresa, saltaba a su alrededor, jugaba con su pelo, se metía entre las sabanas, la despertaba, la molestaba y la hacía refunfuñar y gruñir por lo temprano que interrumpía su sueño. De esa manera él se había transformado en el perfecto reloj despertador de la muchacha. Es más, lo había venido realizando de esa forma casi todos los días en el ultimo año con una regularidad horaria increíble y en verdad, a pesar de la molestia inicial que sentía Marcela, era un momento bastante agradable y que ambos disfrutaban, sobre todo los días de semana cuando no se veían las caras en todo el resto de la jornada, hasta que ella volvía de la universidad avanzada la tarde, dejaba su bolso y sus libros a un lado y nuevamente aprovechaban de compartir y jugar un rato antes de que la joven sirviera la cena.
El problema de este día, fue que al parecer Rafita estaba tan desorientado cuando despertó o le quedaba tal pereza después de levantarse, que no había podido recordar que Marcela estaba ausente, así que cuando entró a su pieza la encontró vacía y no lo quedó más remedio que brincar un rato sobre la cama desocupada y jugar con la almohada imitación peluche que había en la cabecera la cual en algún momento estuvo a punto de desarmar, pero por suerte eso no ocurrió. Recordó con congoja la última vez que en el mismo trance de los juegos había destrozado, sin querer, una muñeca de género que Marcela había dejado encima de su cama y los retos y el par de coscorrones que se ganó después, así que agradeció que a pesar de todo el revoltijo que hizo con la almohada esta haya quedado medianamente indemne o por lo menos sin que a simple vista se notara como había sido tratada. Rato después, ya que no tenía nada que hacer y sumado a eso la falta del entretenido juego matinal con la chica, le vino una súbita modorra que aprovechó en una nueva siesta que en ese momento podía disfrutar sin sobresaltos dada la ausencia de la dueña de la cama, cama que de por sí, era mucho más cómoda, grande y blanda a la que el tenía. Se sentía el nuevo dueño de ese espacio y con todo el derecho de disfrutarlo a plenitud.
Cuando despertó de nuevo, Rafita no tenía idea de cuanto tiempo había pasado, podía haber sido minutos o incluso horas, solamente el excesivo calor que hacía en ese momento logró que el seguir durmiendo fuera una cosa intolerable. Le invadió una sensación de ahogo, sobre todo porque Marcela había dejado la ventana de su pieza cerrada y a esa hora el sol pegaba con toda la fuerza de sus rayos sobre ella. Por suerte las cortinas estaban cerradas, sino Rafita hubiera corrido el riesgo de morir rostizado por las brasas solares, sin embargo, la falta de ventilación de la pieza hacía que el ambiente se hiciera casi irrespirable, con un aire cada vez más pesado, verdaderamente insoportable. Así, entre sofocado y ahogado, sintiendo los pulmones como dos balones de aire caliente, además de un poco mareado de tanto dormir, se dirigió desesperadamente a la cocina para tomar un poco de agua y de esa manera poder refrescarse un poco y aliviar de esa manera el malestar que estaba sintiendo. Que delicioso fue para él beber un tremendo sorbo de agua y percibir el líquido húmedo y frío deslizarse por la garganta hacia abajo e incluso notar la sensación de como llegaba hacia el estomago. Tomo el segundo sorbo y se repitió el mismo efecto. Lástima que para Rafita este fuera desapareciendo a medida que tomaba un sorbo tras otro de agua.
Una vez saciada la sed, lamentablemente empezó a experimentar una sensación mucho peor. Sentía hambre y el estomago le pedía desesperadamente algo de comer. Recordó que habían pasado muchísimas horas desde que probara el último bocado de alimento. Es más, ese mismo recuerdo le hizo entrar en pánico pues también recordó que Marcela le había dejado la comida lista para servirse, de hecho le había dejado mucho más de la habitual en virtud a la ausencia por motivo de su viaje, sin embargo él, aparte de sentirse a sus anchas ante tanta libertad, se había dado el lujo no solo de servirse su ración normal, sino que además, sin medir las consecuencias y en un arranque loco de glotonería no solamente se sirvió el doble de lo que le correspondía, sino que se había comido prácticamente todo lo que Marcela había dejado.
Así, lentamente, se acercó a los últimos restos de comida que quedaban, los miró con pena, pensó en lo inútil que era él para procurarse hasta lo más básico, pensó en lo poco que se veía y lo insuficiente que era para satisfacer a su maltrecho estomago, la situación desesperada en que se encontraría si es que no encontraba más comida, en que podía morir de inanición… Y aun así, se comió todo. El hambre era superior a su voluntad. El estómago le pedía alimento y él no era capaz de resistirse a esa sensación de privación. Prefería morir quemado, morir atropellado, morir apaleado o morir de cualquier forma, menos de hambre. Que sensación más desagradable la de estar falto de comida, eso lo hizo preocuparse más del presente, de satisfacer su necesidad primaria de alimento sin pensar en las consecuencias a futuro, pues después de dar cuenta de los últimos restos de comida era difícil que pudiera encontrar algo comestible si es que más adelante sentía la misma sensación de vació en su recién satisfecho estómago.
Una vez que distrajo su sensación de hambre y sintiéndose mucho más aliviado, recorrió el departamento buscando alguna entretención. Encontró algunas cosas botadas en desorden en algunas de las piezas, pero realmente el orden no era una de sus aficiones así que luego de examinarlas un rato, o las movía de lugar o simplemente las terminaba dejando donde las encontró. A lo más, jugó con un pequeño balón de fútbol que Marcela le había comprado el mes anterior, sin embargo, ese pasatiempo no lo mantuvo ocupado mucho rato, no era tan divertido como cuando lo compartía con alguien. Lo más entretenido que pudo hacer, fue tratar de cazar un par de moscardones que entraron por el ventanal del balcón que Marcela dejó abierto y que pasaban zumbando y a gran velocidad por encima de su cabeza. Los bichos pasaban dando vueltas raudas por el living comedor y por la cocina americana unida a este, maniobrando en el aire de forma asombrosa e impresionante, evitando hasta los más peligrosos obstáculos que les presentaba la ornamentación y el mobiliario del lugar, mientras que Rafita los trataba de seguir dando brincos por el living y arriba de los sillones, pero lo más divertido para Rafita, aparte de la infructuosa persecución, era ver como los bichos se estrellaban una y otra vez contra los cristales de la puerta corredera del balcón al tratar de huir hacia el exterior del departamento. No se explicaba como existían seres tan estúpidos que después del segundo o tercer intento no se dieran cuenta que era imposible pasar por ahí a pesar de que a simple vista pareciese que no existía nada que separara el living del exterior. Una vez más su memoria lo traicionaba, pues no se acordaba que cuando era pequeño el pasó por un dilema similar al tratar de salir hacia el balcón. Solamente al tercer golpe contra el vidrio de la puerta aprendió que a pesar de que aparentemente no había nada delante suyo, ese pequeño reflejo apenas perceptible a ciertas horas del día, era más que suficiente para avisarle que existía una barrera invisible que le impedía el paso hacia la libertad que le otorgaba el balcón del departamento. Finalmente, después de varios minutos de entretención y caza sin resultados, el par de moscardones pudo escapar hacia el exterior, aunque la verdad, más producto del azar que fruto de su minúscula inteligencia.
Una vez en el exterior, Rafita se sintió muchísimo mejor. El balcón del departamento ubicado en el sexto piso del edificio era el lugar que el consideraba como el más entretenido de la casa. A pesar de no ser un espacio muy amplio, tenía todo lo necesario para que el pudiera pasar horas de diversión ininterrumpida. El balcón era más que nada una pequeña terraza de metro y medio por tres en el que Marcela había colocado algunas macetas con algunas plantas artificiales (No había nadie realmente que se preocupara de regarlas para que no se sequen), y en el que había también una silla amplia, la típica plástica de terraza donde uno podía sentarse tranquilo a leer o sino observar el paisaje que ofrecía la calle donde vivían. No es que Rafita fuera voyeurista, pero le encantaba observar todos los acontecimientos que ocurrían en las proximidades y sobre todo las escenas que le presentaban los vecinos del edificio de enfrente. Podía observar a la señora discutiendo con el marido que aún no se levantaba de la cama; la pareja de recién casados que almorzaba y se mostraba tan cariñosa; a Juanito, uno de los niños con los que jugaba en la plaza, mientras jugaba playstation; el conserje del edificio de enfrente mientras barría la vereda y regaba el jardín de la entrada y otras escenas familiares y muy similares. Su favorita era la de los niños cuando salían a la calle a jugar a la pelota. A pesar de que en ese momento no podía salir, la sola imagen de ver a los niños correr tras la pelota, sus gritos y sus risas durante el juego lo animaban y lo proyectaban de tal forma que se imaginaba a sí mismo compartiendo el partido con ellos. Es más la calle era tan tranquila y pasaban tan pocos vehículos que los partidos se hacían interminables e incluso le costaba oír cuando Marcela lo llamaba para volver a casa. Era tal su estado de excitación que se olvidaba del resto del mundo y para el solo existían la pelota y los niños que jugaban con él. Más de alguno lo divisaba de abajo y le gritaba para que Rafita bajara a jugar con ellos y Rafita saltaba y saltaba y si no fuera por la malla de contención que tenía el balcón, hace ya mucho tiempo que Rafita hubiera saltado y hubiera terminado aterrizando en medio del partido de fútbol de sus amiguitos.
Y así paso el resto del día, se acercaba el fin de la tarde y ya los niños habían entrado a su casa después de jugar durante mucho rato a la pelota. Lástima que el no pudo participar. Observo como se iban prendiendo una a una las luces del edificio de enfrente. Algunas cortinas se mantenían abiertas y podía ver lo que hacían sus moradores en el interior. Vio un par de los chiquillos que antes estaban jugando hacer sus tareas; una señora tejiendo mientras veía la tele; a don Horacio, que siempre le regalaba galletas cuando lo veía por la calle leyendo un libro en su despacho; a una señora preparando la cena; a una familia cenando. ¡Uf! Todos cenando y él sin nada en el estómago. Peor aún, el solo pensar aquello había despertado más el hambre que en ese momento sentía.
Volvió al interior del departamento y empezó a hurgar por todos los rincones. Tenía que encontrar alguna cosa de comer. Marcela era distraída y en más de una oportunidad el había encontrado algún paquete de galletas o de papas fritas en el lugar más insospechado de la casa. Hizo una exhaustiva revisión de la cocina y lo único que pudo encontrar fue migajas de la comida que Marcela le había dejado y un pedazo de pan medio añejo, que aunque no era para nada atractivo comer, termino siendo parte de su cena. Revisó todas las piezas e incluso el baño (¿Quién puede dejar comida en el baño?), pero era tanta su desesperación que ya no sabía donde más buscar. Volvió a la cocina y bebió un poco más de agua para ver si así distraía el hambre y en parte lo logró. Pero por escasos minutos. Al rato la sensación de hambre se volvió incluso mas intensa y desesperante. Hizo una nueva búsqueda mucho más minuciosa que la anterior. Revisó cada centímetro del living, reviso palmo a palmo su pieza. Incluso hurgó en su cama y nada. Revisó palmo a palmo la pieza de Marcela y lo único que pudo encontrar fue unos pinches para el pelo que estaban debajo de su cama. Lastima que no fueran comestibles. A esa altura ya estaba pensando en servirse los zapatos que ella dejo en el closet.
Era inútil, ya no quedaba nada que comer en la casa. Fue al living y se recostó en el sillón a descansar un poco. Recordó cuando Marcela le dejó la comida, una verdadera montaña de comida y solo para él. Ella pensaba que era más que suficiente para el par de días que iba a estar ausente, total Rafita aún era pequeño. Y realmente era mucha comida, lamentablemente ella no contó con la glotonería de Rafita q en el día anterior ya había acabado prácticamente con todo lo comestible que encontró a su paso. Pasó de la felicidad máxima a la desdicha más profunda. Su estomago no daba más. Se sentía hambriento y solo. Extrañaba a Marcela. Quería que ella apareciera y que le sonriera al verlo; quería que lo acariciara y quería jugar con ella, pero sobre todo quería que ella llegara con algo rico de comer. Una pizza o uno de esos pasteles ricos que ella le daba de vez en cuando. Rafita se empezó a quedar dormido.
Nuevamente no supo cuanto rato transcurrió, pues no tuvo conciencia del tiempo que pasó dormido, pero ya estaba oscuro y era de noche así que podía intuir que era muy tarde. La sensación de hambre aún no había pasado, pero parece que después de tanto rato sintiéndola y los efectos de la siesta que se tomó habían ayudado a que esta se hiciera un poco más soportable. Pensó que su situación no podía ser más desgraciada. Pensó exageradamente que a este paso seguramente estaría muerto para el alba.
De pronto un sonido familiar lo reanimó. Unos tacones bastante conocidos hacían eco en el pasillo. Se quedo totalmente quieto y ni respiró para que ningún sonido perturbara lo que estaba escuchando. Poco a poco el toc-toc de los tacones se iban acercando y a su vez el bum-bum de su corazón se aceleraba. Su ánimo empezó a subir nuevamente, más aún cuando sintió que esos pasos se detenían frente a la puerta del departamento y un sonido de llaves empezó a escucharse, luego sintió como una de ellas se introducía y empezaba un pequeño forcejeo con la cerradura. Inmediatamente y como si fuera un resorte, Rafita saltó de un brinco del sofá, incluso parecía que las fuerzas hubieran vuelto de la nada a su maltrecho cuerpecito, corrió hacia la puerta y justo cuando el estaba detrás de ella se abrió tan improvisadamente que casi lo golpea con el borde. Vio que se asomó alguien y su felicidad se multiplico hasta el infinito cuando reconoció a Marcela que entraba cargada de su mochila y un bolso enorme que llevaba con dificultad con ambas manos.
¡Rafita!-dijo ella-¿Cómo esta mi pequeñito? ¿Me extraño mucho?, ¡seguramente esta muerto de hambre!¡Venga para acá que le tengo algo!- Y Rafita hinchado de júbilo, muerto pero de felicidad y sin que recordar todos los malestares que había pasado, se acercó brincando, saltando, haciendo gracias, moviendo la cola y ladrando para que le dieran pronto su comida.
Hacía mucho tiempo que no agregaba nada nuevo a este blog... la verdad que no me había dado el tiempo para hacerlo y solo me dedicaba a comentar los blogs de algunos amigos.
Ahora estoy metido en la práctica, lo cual ,o te deja chato, o simplemente con la suficiente flojera para no hacer nada despues de que terminas el trabajo del día.
Bueno... tal como dice el titulo... voy a recargar este blog. Pero de una manera distinta. Hace algún tiempo se me ocurrió escribir un cuento y este es el primero que escribo... Así que espero que la crítica y los Pasalaguas que andan rondando por ahí no sean tan duros con sus comentarios.
Espero que por lo menos lo lean porque es un poquito largo... Sino este va a ser el primer y último cuento que escriba. Jajaja!
Chauuuu
RAFITA
Rafita despertó temprano. Con pereza entreabrió los ojos y miro a su alrededor. Se encontraba solo en la pieza. Se incorporó a duras penas, alzó la vista, vio el mismo muro amarillo y desgastado de todas las mañanas que se encuentra frente a su cama y después de algunos segundos de indecisión, lo único que pudo pensar fue en que era demasiado temprano y que convenía seguir durmiendo un poco más. Lamentablemente, justo en el momento en que se recostaba y cerraba los ojos dispuesto a continuar con el sueño, el sonido proveniente de la alarma de un automóvil bastante próximo lo irritó de tal manera, que perdió el resto de sueño que le quedaba y simplemente no le quedó mas remedio que llenarse de ánimos para levantarse.
Como todas las mañanas, una vez en pie, lo primero que hizo fue dar un par de vueltas alrededor de su cama como buscando que actividad realizar antes de empezar la rutina diaria. En todo caso, solamente se dedicó a observar pues no movió ningún objeto, dejando todas las cosas tal y cual estaban como cuando despertó. La realidad es que para él, no era un asunto de mayor preocupación ni mayor cuidado el orden ni la limpieza de su espacio. Inmediatamente, casi como si se tratara de un acto reflejo, se dirigió a la pieza de Marcela para ver como estaba y mientras caminaba hacia el lugar, cada cierta cantidad de pasos, hacía una suerte de estiramientos, elongaciones y movimientos como para relajar el cuerpo del agarrotamiento matinal.
A Rafita le encantaba sorprender a Marcela, se preocupaba de llegar sigilosamente hasta los pies de su cama y una vez que se aseguraba que ella aún dormía, veloz como un rayo, de un solo brinco se le tiraba encima para tomarla por sorpresa, saltaba a su alrededor, jugaba con su pelo, se metía entre las sabanas, la despertaba, la molestaba y la hacía refunfuñar y gruñir por lo temprano que interrumpía su sueño. De esa manera él se había transformado en el perfecto reloj despertador de la muchacha. Es más, lo había venido realizando de esa forma casi todos los días en el ultimo año con una regularidad horaria increíble y en verdad, a pesar de la molestia inicial que sentía Marcela, era un momento bastante agradable y que ambos disfrutaban, sobre todo los días de semana cuando no se veían las caras en todo el resto de la jornada, hasta que ella volvía de la universidad avanzada la tarde, dejaba su bolso y sus libros a un lado y nuevamente aprovechaban de compartir y jugar un rato antes de que la joven sirviera la cena.
El problema de este día, fue que al parecer Rafita estaba tan desorientado cuando despertó o le quedaba tal pereza después de levantarse, que no había podido recordar que Marcela estaba ausente, así que cuando entró a su pieza la encontró vacía y no lo quedó más remedio que brincar un rato sobre la cama desocupada y jugar con la almohada imitación peluche que había en la cabecera la cual en algún momento estuvo a punto de desarmar, pero por suerte eso no ocurrió. Recordó con congoja la última vez que en el mismo trance de los juegos había destrozado, sin querer, una muñeca de género que Marcela había dejado encima de su cama y los retos y el par de coscorrones que se ganó después, así que agradeció que a pesar de todo el revoltijo que hizo con la almohada esta haya quedado medianamente indemne o por lo menos sin que a simple vista se notara como había sido tratada. Rato después, ya que no tenía nada que hacer y sumado a eso la falta del entretenido juego matinal con la chica, le vino una súbita modorra que aprovechó en una nueva siesta que en ese momento podía disfrutar sin sobresaltos dada la ausencia de la dueña de la cama, cama que de por sí, era mucho más cómoda, grande y blanda a la que el tenía. Se sentía el nuevo dueño de ese espacio y con todo el derecho de disfrutarlo a plenitud.
Cuando despertó de nuevo, Rafita no tenía idea de cuanto tiempo había pasado, podía haber sido minutos o incluso horas, solamente el excesivo calor que hacía en ese momento logró que el seguir durmiendo fuera una cosa intolerable. Le invadió una sensación de ahogo, sobre todo porque Marcela había dejado la ventana de su pieza cerrada y a esa hora el sol pegaba con toda la fuerza de sus rayos sobre ella. Por suerte las cortinas estaban cerradas, sino Rafita hubiera corrido el riesgo de morir rostizado por las brasas solares, sin embargo, la falta de ventilación de la pieza hacía que el ambiente se hiciera casi irrespirable, con un aire cada vez más pesado, verdaderamente insoportable. Así, entre sofocado y ahogado, sintiendo los pulmones como dos balones de aire caliente, además de un poco mareado de tanto dormir, se dirigió desesperadamente a la cocina para tomar un poco de agua y de esa manera poder refrescarse un poco y aliviar de esa manera el malestar que estaba sintiendo. Que delicioso fue para él beber un tremendo sorbo de agua y percibir el líquido húmedo y frío deslizarse por la garganta hacia abajo e incluso notar la sensación de como llegaba hacia el estomago. Tomo el segundo sorbo y se repitió el mismo efecto. Lástima que para Rafita este fuera desapareciendo a medida que tomaba un sorbo tras otro de agua.
Una vez saciada la sed, lamentablemente empezó a experimentar una sensación mucho peor. Sentía hambre y el estomago le pedía desesperadamente algo de comer. Recordó que habían pasado muchísimas horas desde que probara el último bocado de alimento. Es más, ese mismo recuerdo le hizo entrar en pánico pues también recordó que Marcela le había dejado la comida lista para servirse, de hecho le había dejado mucho más de la habitual en virtud a la ausencia por motivo de su viaje, sin embargo él, aparte de sentirse a sus anchas ante tanta libertad, se había dado el lujo no solo de servirse su ración normal, sino que además, sin medir las consecuencias y en un arranque loco de glotonería no solamente se sirvió el doble de lo que le correspondía, sino que se había comido prácticamente todo lo que Marcela había dejado.
Así, lentamente, se acercó a los últimos restos de comida que quedaban, los miró con pena, pensó en lo inútil que era él para procurarse hasta lo más básico, pensó en lo poco que se veía y lo insuficiente que era para satisfacer a su maltrecho estomago, la situación desesperada en que se encontraría si es que no encontraba más comida, en que podía morir de inanición… Y aun así, se comió todo. El hambre era superior a su voluntad. El estómago le pedía alimento y él no era capaz de resistirse a esa sensación de privación. Prefería morir quemado, morir atropellado, morir apaleado o morir de cualquier forma, menos de hambre. Que sensación más desagradable la de estar falto de comida, eso lo hizo preocuparse más del presente, de satisfacer su necesidad primaria de alimento sin pensar en las consecuencias a futuro, pues después de dar cuenta de los últimos restos de comida era difícil que pudiera encontrar algo comestible si es que más adelante sentía la misma sensación de vació en su recién satisfecho estómago.
Una vez que distrajo su sensación de hambre y sintiéndose mucho más aliviado, recorrió el departamento buscando alguna entretención. Encontró algunas cosas botadas en desorden en algunas de las piezas, pero realmente el orden no era una de sus aficiones así que luego de examinarlas un rato, o las movía de lugar o simplemente las terminaba dejando donde las encontró. A lo más, jugó con un pequeño balón de fútbol que Marcela le había comprado el mes anterior, sin embargo, ese pasatiempo no lo mantuvo ocupado mucho rato, no era tan divertido como cuando lo compartía con alguien. Lo más entretenido que pudo hacer, fue tratar de cazar un par de moscardones que entraron por el ventanal del balcón que Marcela dejó abierto y que pasaban zumbando y a gran velocidad por encima de su cabeza. Los bichos pasaban dando vueltas raudas por el living comedor y por la cocina americana unida a este, maniobrando en el aire de forma asombrosa e impresionante, evitando hasta los más peligrosos obstáculos que les presentaba la ornamentación y el mobiliario del lugar, mientras que Rafita los trataba de seguir dando brincos por el living y arriba de los sillones, pero lo más divertido para Rafita, aparte de la infructuosa persecución, era ver como los bichos se estrellaban una y otra vez contra los cristales de la puerta corredera del balcón al tratar de huir hacia el exterior del departamento. No se explicaba como existían seres tan estúpidos que después del segundo o tercer intento no se dieran cuenta que era imposible pasar por ahí a pesar de que a simple vista pareciese que no existía nada que separara el living del exterior. Una vez más su memoria lo traicionaba, pues no se acordaba que cuando era pequeño el pasó por un dilema similar al tratar de salir hacia el balcón. Solamente al tercer golpe contra el vidrio de la puerta aprendió que a pesar de que aparentemente no había nada delante suyo, ese pequeño reflejo apenas perceptible a ciertas horas del día, era más que suficiente para avisarle que existía una barrera invisible que le impedía el paso hacia la libertad que le otorgaba el balcón del departamento. Finalmente, después de varios minutos de entretención y caza sin resultados, el par de moscardones pudo escapar hacia el exterior, aunque la verdad, más producto del azar que fruto de su minúscula inteligencia.
Una vez en el exterior, Rafita se sintió muchísimo mejor. El balcón del departamento ubicado en el sexto piso del edificio era el lugar que el consideraba como el más entretenido de la casa. A pesar de no ser un espacio muy amplio, tenía todo lo necesario para que el pudiera pasar horas de diversión ininterrumpida. El balcón era más que nada una pequeña terraza de metro y medio por tres en el que Marcela había colocado algunas macetas con algunas plantas artificiales (No había nadie realmente que se preocupara de regarlas para que no se sequen), y en el que había también una silla amplia, la típica plástica de terraza donde uno podía sentarse tranquilo a leer o sino observar el paisaje que ofrecía la calle donde vivían. No es que Rafita fuera voyeurista, pero le encantaba observar todos los acontecimientos que ocurrían en las proximidades y sobre todo las escenas que le presentaban los vecinos del edificio de enfrente. Podía observar a la señora discutiendo con el marido que aún no se levantaba de la cama; la pareja de recién casados que almorzaba y se mostraba tan cariñosa; a Juanito, uno de los niños con los que jugaba en la plaza, mientras jugaba playstation; el conserje del edificio de enfrente mientras barría la vereda y regaba el jardín de la entrada y otras escenas familiares y muy similares. Su favorita era la de los niños cuando salían a la calle a jugar a la pelota. A pesar de que en ese momento no podía salir, la sola imagen de ver a los niños correr tras la pelota, sus gritos y sus risas durante el juego lo animaban y lo proyectaban de tal forma que se imaginaba a sí mismo compartiendo el partido con ellos. Es más la calle era tan tranquila y pasaban tan pocos vehículos que los partidos se hacían interminables e incluso le costaba oír cuando Marcela lo llamaba para volver a casa. Era tal su estado de excitación que se olvidaba del resto del mundo y para el solo existían la pelota y los niños que jugaban con él. Más de alguno lo divisaba de abajo y le gritaba para que Rafita bajara a jugar con ellos y Rafita saltaba y saltaba y si no fuera por la malla de contención que tenía el balcón, hace ya mucho tiempo que Rafita hubiera saltado y hubiera terminado aterrizando en medio del partido de fútbol de sus amiguitos.
Y así paso el resto del día, se acercaba el fin de la tarde y ya los niños habían entrado a su casa después de jugar durante mucho rato a la pelota. Lástima que el no pudo participar. Observo como se iban prendiendo una a una las luces del edificio de enfrente. Algunas cortinas se mantenían abiertas y podía ver lo que hacían sus moradores en el interior. Vio un par de los chiquillos que antes estaban jugando hacer sus tareas; una señora tejiendo mientras veía la tele; a don Horacio, que siempre le regalaba galletas cuando lo veía por la calle leyendo un libro en su despacho; a una señora preparando la cena; a una familia cenando. ¡Uf! Todos cenando y él sin nada en el estómago. Peor aún, el solo pensar aquello había despertado más el hambre que en ese momento sentía.
Volvió al interior del departamento y empezó a hurgar por todos los rincones. Tenía que encontrar alguna cosa de comer. Marcela era distraída y en más de una oportunidad el había encontrado algún paquete de galletas o de papas fritas en el lugar más insospechado de la casa. Hizo una exhaustiva revisión de la cocina y lo único que pudo encontrar fue migajas de la comida que Marcela le había dejado y un pedazo de pan medio añejo, que aunque no era para nada atractivo comer, termino siendo parte de su cena. Revisó todas las piezas e incluso el baño (¿Quién puede dejar comida en el baño?), pero era tanta su desesperación que ya no sabía donde más buscar. Volvió a la cocina y bebió un poco más de agua para ver si así distraía el hambre y en parte lo logró. Pero por escasos minutos. Al rato la sensación de hambre se volvió incluso mas intensa y desesperante. Hizo una nueva búsqueda mucho más minuciosa que la anterior. Revisó cada centímetro del living, reviso palmo a palmo su pieza. Incluso hurgó en su cama y nada. Revisó palmo a palmo la pieza de Marcela y lo único que pudo encontrar fue unos pinches para el pelo que estaban debajo de su cama. Lastima que no fueran comestibles. A esa altura ya estaba pensando en servirse los zapatos que ella dejo en el closet.
Era inútil, ya no quedaba nada que comer en la casa. Fue al living y se recostó en el sillón a descansar un poco. Recordó cuando Marcela le dejó la comida, una verdadera montaña de comida y solo para él. Ella pensaba que era más que suficiente para el par de días que iba a estar ausente, total Rafita aún era pequeño. Y realmente era mucha comida, lamentablemente ella no contó con la glotonería de Rafita q en el día anterior ya había acabado prácticamente con todo lo comestible que encontró a su paso. Pasó de la felicidad máxima a la desdicha más profunda. Su estomago no daba más. Se sentía hambriento y solo. Extrañaba a Marcela. Quería que ella apareciera y que le sonriera al verlo; quería que lo acariciara y quería jugar con ella, pero sobre todo quería que ella llegara con algo rico de comer. Una pizza o uno de esos pasteles ricos que ella le daba de vez en cuando. Rafita se empezó a quedar dormido.
Nuevamente no supo cuanto rato transcurrió, pues no tuvo conciencia del tiempo que pasó dormido, pero ya estaba oscuro y era de noche así que podía intuir que era muy tarde. La sensación de hambre aún no había pasado, pero parece que después de tanto rato sintiéndola y los efectos de la siesta que se tomó habían ayudado a que esta se hiciera un poco más soportable. Pensó que su situación no podía ser más desgraciada. Pensó exageradamente que a este paso seguramente estaría muerto para el alba.
De pronto un sonido familiar lo reanimó. Unos tacones bastante conocidos hacían eco en el pasillo. Se quedo totalmente quieto y ni respiró para que ningún sonido perturbara lo que estaba escuchando. Poco a poco el toc-toc de los tacones se iban acercando y a su vez el bum-bum de su corazón se aceleraba. Su ánimo empezó a subir nuevamente, más aún cuando sintió que esos pasos se detenían frente a la puerta del departamento y un sonido de llaves empezó a escucharse, luego sintió como una de ellas se introducía y empezaba un pequeño forcejeo con la cerradura. Inmediatamente y como si fuera un resorte, Rafita saltó de un brinco del sofá, incluso parecía que las fuerzas hubieran vuelto de la nada a su maltrecho cuerpecito, corrió hacia la puerta y justo cuando el estaba detrás de ella se abrió tan improvisadamente que casi lo golpea con el borde. Vio que se asomó alguien y su felicidad se multiplico hasta el infinito cuando reconoció a Marcela que entraba cargada de su mochila y un bolso enorme que llevaba con dificultad con ambas manos.
¡Rafita!-dijo ella-¿Cómo esta mi pequeñito? ¿Me extraño mucho?, ¡seguramente esta muerto de hambre!¡Venga para acá que le tengo algo!- Y Rafita hinchado de júbilo, muerto pero de felicidad y sin que recordar todos los malestares que había pasado, se acercó brincando, saltando, haciendo gracias, moviendo la cola y ladrando para que le dieran pronto su comida.